AV Monografías, 2009(137)

La arquitectura de RCR (Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramón Vilalta) combina la rauxa romántica con el rigor racional. Basados en Olot, la capital de la Garrotxa —una comarca catalana prepirenaica, de antiguos volcanes y amenos paisajes que han atraído a pintores, origen de su vetusta industria de imaginería religiosa—, en apenas dos décadas han construido en la región un conjunto de obras con un lenguaje singular que reúne la pulsión romántica de comunión con la naturaleza y búsqueda de lo sublime en el despojamiento extremo, con el empeño racional de rigor geométrico, composición abstracta y depuración constructiva en el refinamiento de unos detalles que ensamblan materiales de violenta tactilidad. Es una arquitectura esencial y a la vez elocuente, reductiva como corresponde a lo que el lenguaje popular denomina minimalismo, y al tiempo expansiva en su diálogo horizontal con el paisaje, que se enmarca o se perfora con decisión. Decía Julius Posener de su maestro Hans Poelzig que éste menospreciaba «cualquier arquitectura que no pudiera dibujarse con orina en la nieve», y las de RCR se conforman con la misma economía expresiva, que va desde los trazos del pincel en la primera acuarela —apocopados como un ideograma— hasta la intervención física de los arquitectos en el movimiento de tierras, la colocación de los bloques basálticos o el rizado de las bandas de acero, en una action architecture que se resume en gestos.
Las huellas de esas intervenciones artísticas son un puñado de edificios, pabellones y parques tan compactamente trenzados en el territorio, y en tan exacta sintonía con su belleza volcánica y abrupta, que hace fácil imaginar su utilización como recurso pedagógico y turístico, de forma no muy distinta a como sucede con la obra de Mario Botta en el cantón del Ticino o con la de César Manrique en la isla de Lanzarote. Aunque sus proyectos se extienden a la costa catalana, al mediodía francés o, en el futuro, a geografías más remotas, el acervo levantado en la Garrotxa y sus inmediaciones hacen que estos arquitectos sean ya inseparables de la historia de Olot. Esta condición regional, que entra en resonancia con una sensibilidad de raíz romántica ante la naturaleza para dibujar una imagen identitaria, y que en modo alguno resta universalidad —¿es acaso Palladio localista por estar asociado al Véneto?—, se ha minusvalorado por algunos críticos, que o bien les integran en una hipotética ‘escuela catalana’, o bien les contemplan desarrollando lecciones de Wright o de Kahn. Su formación, sin embargo, apunta a una síntesis de los estudios de Bellas Artes de los más tarde esposos Ramón Vilalta y Carme Pigem en Olot con el talento natural de Rafael Aranda, un hijo de inmigrantes andaluces asentados en la misma población, y todo ello en el crisol de la Escuela de Arquitectura del Vallés —próxima a Barcelona, y con una marcada vocación paisajística—, donde se inicia una devoción por Mies van der Rohe o Donald Judd que se depurará con el deslumbramiento ante la tradición japonesa, provocado por un largo viaje que realizan pocos años después de titularse.

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